Hace dos días me sonó el
despertador a las siete de la mañana como cada día. Hasta ahí todo era normal:
otro día en el que me preparo para ir a trabajar al monte. Pero, de repente, oigo algo sin haber salido todavía de casa
que me llama la atención. Me detengo a escuchar y, efectivamente, eran
trompeteos de grullas que sobrevolaban las murallas de Daroca, dirigiéndose a
la Laguna de Gallocanta. Como a cualquier aficionado a la ornitología, y más aún
con una relación cercana a esta laguna, una sonrisa se dibuja en la cara
todavía legañosa, y recuerdas la temporada de grullas pasada, las mañanas
mirando anillas, o las horas en silencio que has pasado viendo cómo entraban a
dormir a la lámina de agua entre las nubes teñidas de naranja de los fríos
atardeceres del altiplano. Parece mentira que ya haya pasado el verano… Parece
que era ayer cuando las veíamos marchar por la sierra de Paniza, y cuando en
este blog las despedimos con la entrada titulada “Trompeteos de despedida”… Pero
bueno, ha llegado el día en el que las grullas ya han vuelto de nuevo. Al cabo
de la mañana, mientras quemaba restos forestales de un cortafuegos, miraba al cielo, y veía esas esperadas flechas
que surcan el cielo con decisión, teniendo muy claro cuál es su destino, flechas
que inconscientemente a los “grulleros” nos hacen pensar en esos ratos que nos
esperan, que nos hacen desconectar del trabajo, que en ocasiones con buena
compañía, y otras disfrutando de la falsa soledad que ofrece la naturaleza,
pasaremos, hasta que en febrero nos vuelvan a dejar mirando cómo la silueta de
estas incansables migradoras se pierde por el horizonte.
Difícil explicarlo mejor... Gracias.
ResponderEliminar